¿Son seguros los alimentos transgénicos?

Mucho antes de que hubiese productos listos para ser comercializados, las grandes corporaciones biotecnológicas, especialmente Monsanto, estaban en Washinton realizando acciones preventivas para asegurarse de que el clima regulador estaría a favor de sus intereses. La industria buscaba una regulación rápida que transmitiera seguridad a la opinión pública y que, a la vez, no supusiese ninguna restricción real para los productores. Como consecuencia no se aprobaron nuevas leyes para  regular los alimentos modificados genéticamente.

Dan Glickman era ministro de agricultura  durante el gobierno de Bill Clinton, justo en la época en que se regularon los OMG, entre los años 1995 y 2000. Glickman, reconoce que al inicio de su mandato existía un amplio consenso agroalimentario en el seno del gobierno de los EEUU de no poner trabas al rápido desarrollo de la biotecnología y de los cultivos transgénicos, y por ese motivo no se hicieron suficiente controles que determinasen la seguridad de estos alimentos. El lobby de la biotecnología a través del soborno, la presión y el juego sucio consiguió evitar la aprobación de una regularización adecuada, ya que no quería perder las grandes inversiones que habían hecho para desarrollar sus productos.

Los alimentos transgénicos fueron regulados por primera vez en los Estados Unidos por la FDA (Food and Drugs Administration), la agencia encargada de la seguridad de los productos alimentarios y de los medicamentos. Esta regulación fue publicada el veintinueve de mayo del 1992 con el nombre de Alimentos derivados de las nuevas variedades de plantas. Como podemos observar el título de este artículo evita cuidadosamente toda referencia a la biotecnología y se presenta como una simple extensión de la selección genética, siguiendo los consejos de la Casa Blanca. En este texto  es donde encontramos los dos principios básicos sobre los que están regulados los alimentos transgénicos.

El principio numero uno dice que los alimentos obtenidos por modificación genética están sometidos a la misma regulación que los obtenidos mediante cruce tradicional de plantas. Esto quiere decir que la FDA decidió no crear una categoría especial para los alimentos transgénicos. Este hecho se debe a que la Casa Blanca le pidió a la FDA que escribiera un texto en que los transgénicos no estuvieran sujetos a  una regulación específica. Por lo tanto, la FDA no escribió la regulación basándose en datos científicos, sólo fue una decisión política.

Esta posición de la FDA a favor de no crear una nueva reglamentación esta argumentada en el segundo principio presente en dicho documento. Este principio dice que los alimentos resultantes de una planta genéticamente modificada son los mismos o similares sustancialmente a aquellos que se encuentran comúnmente en los alimentos. Esto quiere decir que la FDA considera, antes de ninguna investigación, que una planta modificada genéticamente es similar a una planta convencional. Este es el denominado principio de equivalencia sustancial, y representa el punto central en la discusión sobre la fiabilidad y seguridad de los alientos modificados genéticamente.

Así que la visión oficial de la FDA, que dice que los genes introducidos en las plantas mediante la biotecnología producen proteínas muy parecidas a aquellas que hemos consumido durante siglos, es cuestionada por varios expertos como: Jeffrey Smith (autor de numerosas obras sobre los transgénicos), Michael Hansen (asesor científico de la Unión de Consumidores) y el ensayista Jeremy Rifki. Ellos creen que los alimentos transgénicos están tan extendidos actualmente gracias a este engaño de la FDA, ya que afirman que estos alimentos no son diferentes y, por lo tanto, los promocionan como seguros o GRAS.

Normalmente, para que algo sea considerado GRAS es necesario que se apoye en numerosos estudios y que exista un amplio consenso dentro de la comunidad científica, pero con los alimentos transgénicos, no existe ni una cosa ni la otra. La FDA afirma, que si se introduce un gen en una planta, ese gen es ADN, y dado que comemos ADN desde hace mucho tiempo podemos concluir que esa planta es GRAS.

Los detractores creen que los genes deben ser considerados como aditivos alimentarios, ya que, actualmente, cuando queremos agregar a una gota de un nuevo colorante, conservante o algún producto químico a un alimento, se considera como un aditivo alimentario y, por lo tanto, hay que hacer toda clase de pruebas para demostrar que existe la certeza razonable de que no será nocivo. Lo sorprendente es que si manipulamos genéticamente una planta, lo cual puede dar numerosas diferencias en el alimento, no se hace ningún tipo de prueba. Viendo este panorama, está claro que el principio de equivalencia sustancial sólo era una forma, para todas las corporaciones biotecnológicas y particularmente para Monsanto, de sacar sus productos al mercado rápidamente con la menor inferencia gubernamental posible.

Bush senior transgenic bastardExiste un documento fílmico, recogido en el documental El Mundo Según Monsanto, en el que se puede ver a George Bush padre visitando los laboratorios de Monsanto unos años antes de la comercialización de la primera planta transgénica, es decir, la soja resistente al herbicida Roundup. En ese momento Bush era vicepresidente de Ronald Reagan y la consigna del gobierno republicano es la desregularización, que trata de reducir al máximo las trabas burocráticas como los exámenes sanitarios y medioambientales sobre los nuevos productos. En este documento podemos oír a Bush ofreciendo las ventajas de la desregularización a los directivos de Monsanto.

En 1989, Dan Queil ocupa el sitio de Georg Bush, ya que este último ha sido elegido predidente de los Estados Unidos. Cuatro años después, el 26 de mayo de 1992, se hace pública la política del gobierno estadounidense relativa a los transgénicos conforme a los deseos de las grandes corporaciones biotecnológicas. Queil afirmó: “Estados Unidos ya es líder mundial en biotecnología y tenemos intención de continuar siéndolo. En 1991 la biotecnología aportó 4.000 millones de dólares. Calculamos ganar unos 50.000 millones para el año 2000 a condición de que no se detenga debido a la reglamentación inútil”. Y como ya hemos visto, sólo tres días después, el 29 de mayo de 1992, Monsanto logró que la Food and Drugs Administration publicara en el Federal Registrar su reglamento respecto a los Alimentos derivados de las nuevas variedades de plantas.

Inicialmente, la FDA no estaba de acuerdo en la comercialización de estos nuevos alimentos, ya que no se habían llevado a cabo los estudios científicos necesarios. Pero, para que los alimentos transgénicos puedieran salir al mercado, Monsanto, utilizó la estrategia de las puertas giratorias. Que consiste, en poner a gente de su confianza dentro de las agencias reguladoras, para manipular la “supuesta regulación”. Es así como Michael Taylor, abogado del Bufete King Spalding, que defendió a la empresa Monsanto durante unos 10 años aproximadamente, después pasó a ser el número dos de la FDA, donde era el encargado de elaborar la política de la agencia relativa a los OMG, y posteriormente acabó siendo el vicepresidente de Monsanto. El  antiguo embajador estadounidense de comercio exterior Mickey Kantor, más tarde fue consejero de la administración de Monsanto. Clarens Thomas, juez de la corte suprema, también pasó a trabajar para Monsanto. Linda j. Fisher y William D. Ruckelshars, pasan de la EPA (agencia de protección ambiental) a Monsanto. Michael A. Friedman va de la FDA a Monsanto. Marcial Hale y Josh King van de la Casa Blanca a Monanto. Y finalmente, Margaret Miller, va de Monsanto a la FDA.

Por lo tanto, Monsanto hizo malabarismos para conseguir la adopción del principio de equivalencia sustancial, ya que antes de estos cambios no existía consenso entre los científicos de la FDA sobre la validez de este principio. Pero antes de que los científicos de la FDA expresaran sus inquietudes, la agencia recibió una señal de alarme muy clara, ya que el primer aditivo manipulado genéticamente que fue comercializado en Estados Unidos había provocado una gran epidemia.

En 1989, una bacteria que generalmente se modifica para producir grandes cantidades del complemento alimentario, el L-Triptófano, produjo unos contaminantes increíblemente tóxicos que mataron a 37 personas, paralizaron parcialmente a 1500 y dejaron temporalmente inválidas a 5000 personas más en los Estados Unidos.  El L- Triptófano provoco una epidemia de una enfermedad desconocida hasta el momento que recibió el nombre de Síndrome Mialgia Eosinofilia. La respuesta de la industria biotecnológica fue que esto se produjo por un error en el control de calidad y Monsanto declaró haber destruido dicha bacteria, lo que hizo imposible investigar el caso.  La FDA intento proteger a la industria biotecnológica ocultando información vital y nunca admitió que la epidemia fue causada por la ingeniería genética, es más, dio la vuelta a la historia para adaptarla a sus propios intereses. Finalmente, en un gesto bastante revelador, Showa Denko, la empresa causante de la epidemia, ofreció arreglos extrajudiciales a algunas de las víctimas: 2000 millones de dólares a repartir entre poco más de 2000 personas[1].

Otro caso polémico es el de la investigación sobre la patata transgénica, que se llevó a cabo en Escocia, dirigida por Arpad Pusztai. Este estudio fue encargado por el ministerio de agricultura del Reino Unido con el fin de calmar a la opinión pública y preparar a la gente para la comercialización de los alimentos transgénicos. Pusztai constato que las patatas resistentes al pulgón tenían dos efectos sobre las ratas: por una parte, las células del estomago proliferaban rápidamente, lo cual no es bueno porque facilita la aparición de cáncer, y además el sistema inmunitario del estomago de la rata se alteraba, lo que significa que el organismo trataba a la patata como un organismo extraño. Lo sorprendente es que Pusztai comprobó que el problema está en la tecnología misma y no en la lecitina que hace a la patata resistente al pulgón, ya que la probó aisladamente en una concentración 800 veces mayor sin consecuencias negativas. Este caso es muy importante, ya que tanto la FDA como Monsanto hablan de la biotecnología como una tecnología neutra. Finalmente Pusztai fue despedido y su equipo de investigación disuelto.

Monsanto, también desempeño un papel clave en la regularización de la hormona de crecimiento bovino, y la manera en que el gobierno norteamericano ha administrado este producto biotecnológico. La hormona del crecimiento bovino (RBGH) es una hormona que se les inyecta a las vacas para aumentar su producción láctea en un 20%. En 1985 Monsanto presento un informe sobre la hormona a la FDA para solicitar a la agencia un informe que le permitiese comercializar la hormona con el nombre de Posilac. El Veterinario de la FDA responsable de redactar el informe era Richard Burrroughs, el cual declaro que responsables de la FDA habían suprimido y manipulado datos de su informe. Él observo que en esas vacas se daban muchos casos de mastitis y que tenían grandes dificultades para reproducirse, y todo esto fue escondido. Como es de esperar viendo la dinámica de este lobby biotecnológico, el veterinario fue despedido y hasta recibió amenazas de los abogados de Monsanto. Pero los documentos escritos por  los científicos de Monsanto y enviados a la FDA fueron robados y enviados al doctor Samuel Epstein. Epstein demostró que la composición de la leche  proveniente de las vacas tratadas con Posilac estaba alterada por distintos motivos. Uno de ellos es que como las vacas sufren mastitis suele haber presencia de pus en la leche, además, debido al tratamiento de la mastitis se encuentra una gran cantidad de antibióticos en la leche, y se detecto un aumento de IGF1 (factor de insulina de crecimiento).  Y desde los años 80 hay unos 60 estudios que certifican que existe una relación directa entre un nivel elevado de IGF1 y el cáncer de mama, de colon y de próstata. Debido a este revuelo la RBGH fue prohibida en Europa y en Canadá.

composición de la leche

Después de todo lo expuesto en este capítulo podemos concluir que los alimentos transgénicos no son seguros, ya que hay fuertes intereses económicos tanto por parte de las empresas biotecnológicas como por el gobierno estadounidense que impiden  que estos alimentos sean sometidos a los exámenes necesarios para dilucidar sus efectos sobre la salud humana. Casos como el del L-Triptofáno nos demuestran que no podemos confiar en que las empresas ni las agencias de seguridad alimentaria nos digan la verdad sobre los efectos de estos alimentos sobre la salud humana.

La  naturaleza excepcional de los alimentos transgénicos, debido a la transferencia de genes entre especies durante su producción, y las posibles consecuencias negativas sobre los transgenes, justifican que sean objeto de un control exhaustivo. Existen dos ámbitos principales que suscitan preocupación: en primer lugar, la posibilidad de las reacciones alérgicas a los alimentos transgénicos; y en segundo lugar, la posibilidad que las bacterias del intestino humano adquieran resistencia a los antibióticos, a partir de los genes marcadores presentes en las plantas transgénicas.

El descubrimiento, hace pocos años, del potencial alérgeno de un tipo de soja manipulada genéticamente por la empresa de semillas Pioneer Hybrid International puso de manifiesto el riesgo del incremento de alergias a causa de estos nuevos alimentos. Un estudio de la Universidad de Nebraska demostró que la proteína incorporada a la soja resistente al herbicida, mediante la transferencia de genes, provocaba reacciones alérgicas. La alergia alimentaria es una reacción adversa ante sustancias específicas de los alimentos o sus ingredientes llamados antígenos, que son proteínas que hacen que el organismo produzca anticuerpos específicos. Las alergias alimentarias afectan a un gran número de personas. Aunque, todo los alimentos son susceptibles de desencadenar una reacción alérgica, ya que todos contienen proteínas en mayor o menor grado. Los cultivos transgénicos, por su naturaleza, al tener introducidos genes extraños en su ADN, pueden codificar nuevas proteínas no presentes de manera natural en los alimentos. Así que podemos ingerir un alimento al que en principio no somos alérgicos y que nos provoque una reacción alérgica, ya que en este se han introducido proteínas de un alimento al que sí que tenemos alergia, por tanto, los consumidores alérgicos a alimentos conocidos no pueden saber si son o no son alérgicos estos nuevos alimentos.

Por otro lado, los alimentos transgénicos pueden contener proteínas de organismos que nunca han sido consumidos como alimentos, por ejemplo proteínas codificadas por los genes de los vectores: bacteriófagos, plásmidos, etc. Algunas de estas proteínas podrían ser alérgicas, aunque de momento no existe ninguna prueba concluyente, la única forma segura de demostrarlo sería a través del ensayo con personas.

Otro riesgo para la salud provocado por este tipo de alimento es la resistencia a los antibióticos, porque con el fin de facilitar la tarea de separar las células en las que la transgenia ha sido realizada con éxito de aquellas otras que no, resultaba de utilidad introducir genes de resistencia a antibióticos. El resultado de esta manipulación genética es que los genes resistentes a los antibióticos utilizados en plantas transgénicas son: ampicilina, kanamicina, neomicina, amidina y estreptomicina. Todos estos antibióticos resultan extremadamente útiles actualmente en la lucha contra varios agentes infecciosos en proceso patológicos tan variados como infecciones del tracto respiratorio, los huesos, abdominales, del tracto urinario, endocarditis, etc.

La presencia de estos genes resistentes a antibióticos en los alimentos, pueden reducir la efectividad de los citados antibióticos para luchar contra enfermedades, cuando sean tomados junto con los alimentos, debido a que los alimentos transgénicos pueden contener enzimas que degraden a los antibióticos. Además, los genes de resistencia pueden ser transferidos a microorganismos patógenos para animales y personas. Esto agravaría el problema ya existente de resistencia a los antibióticos generado por el uso masivo e incorrecto de estos que se ha producido durante décadas. Últimamente, debido estos alimentos transgénicos, se ha puesto de manifiesto un nuevo peligro para las personas con inmunodeficiencias, es decir, SIDA, leucemia, enfermos de cáncer que están recibiendo radioterapia, etc. Consiste en que el Acinetobacter, un microorganismo patógeno para estas personas, tiene la capacidad de incorporar eficientemente ADN de las plantas en descomposición. Por lo tanto, podría adquirir bioresisténcia a partir de plantas transgénicas, con el consiguiente peligro para estos enfermos inmunodeficientes.

Este peligro potencial de resistencia a los antibióticos, en principio es poco probable, pero sin duda posible. Y resulta poco asumible si tenemos en cuenta que existen otros genes marcadores que implican menos peligros que los de resistencia a los antibióticos. No es de extrañar pues, que una institución llamada Alliance for Bio-Integrity, dirigida por Steven Druker, denunciara a la FDA ante los tribunales de los Estados Unidos en 1998, por no cumplir con su misión, la de realizar las pruebas de inocuidad antes de sacar al mercado los alimentos transgénicos. A pesar de perder el litigio, en el juicio se ventilaron 44.000 documentos de los propios científicos de la FDA, que alertaban sobre la importancia de realizar estudios de bioseguridad. Estos documentos recomendaban no usar genes marcadores con resistencia a antibióticos y finalmente criticaban la política de regulación de la agencia, tan permisiva para los transgénicos.

Sílvia Bailén


[1] Rees, Andy. Alimentos modificados genéticamente: Una guía breve para las personas confundidas  (p 132)

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